Tensiones internas, disputas por recursos y un liderazgo nacional que se fortalece mientras la oposición se desangra.
La política argentina atraviesa un momento decisivo. No por una nueva ola de conflictividad social ni por un quiebre institucional, sino por algo más silencioso y estructural: la implosión progresiva del sistema político tal como funcionó en las últimas dos décadas. Javier Milei llega a este punto con un capital que ningún presidente reciente supo administrar del mismo modo: una oposición en estado de desconcierto y un respaldo externo que lo potencia en el tablero global. Pero paradójicamente, su talón de Aquiles está adentro, en su propio ecosistema de poder.
La crisis del peronismo —que intenta atribuir a maniobras ajenas lo que brota de sus propias inconsistencias— es la mejor fotografía del proceso. Cristina Kirchner vuelve a presentarse como analista de su propio derrumbe, apelando a advertencias sobre operaciones externas. Sin embargo, las verdaderas causas están a la vista: un discurso que dejó de interpelar a la sociedad y la ausencia de una figura competitiva capaz de imaginar 2027 sin nostalgia.
En la provincia de Buenos Aires, ese diagnóstico se profundiza. El quiebre entre Axel Kicillof y La Cámpora dejó de ser un rumor para convertirse en un hecho político con consecuencias tangibles. El gobernador enfrenta un desafío monumental: sostener la gobernabilidad con una Legislatura que no le concede el endeudamiento que él mismo consideraba inadmisible cuando era opositor. Su pedido de casi 3700 millones de dólares expone una paradoja incómoda: la continuidad de una lógica financiera que él prometió clausurar.
La interna peronista se vuelve más áspera a medida que se acerca la discusión por el control real del poder en la provincia: la presidencia de Diputados, las vacantes en la Suprema Corte, los fondos para los municipios. Cada pieza del engranaje institucional tiene un precio y un dueño potencial. Y cada aspirante siente que es su turno.
En ese contexto, Milei observa la escena con la distancia del que ve caer a su rival sin mover un dedo. Pero su propia estructura exhibe fisuras profundas. Las denuncias de irregularidades en la Administración Nacional de Discapacidad golpean en dos direcciones: hacia su círculo más íntimo y hacia el grupo de funcionarios ligados a Santiago Caputo. La interna oficialista se libra con métodos de otro tiempo: libretas, inteligencia, operaciones cruzadas y el eterno fantasma de la SIDE como botín.
El Presidente intenta mantener su imagen intacta, elevada, desvinculada del barro cotidiano, apoyado en la narrativa mística de La Libertad Avanza. Pero los hechos revelan otra cosa: un dirigente que empieza a jugar con la frialdad de un profesional del poder, aun cuando los discursos lo presenten como un outsider puro.
Mientras tanto, el respaldo estratégico de Estados Unidos aparece como la carta más valiosa en su baraja. Si la operación de recompra de deuda que se negocia en Washington avanza, Milei podría consolidar un oxígeno financiero que ningún presidente argentino logró en tiempos recientes. Un contraste brutal con el terreno minado en el que se mueve Kicillof.
La escena es, por momentos, teatral: un peronismo fracturado que mira cómo el liderazgo se escapa de las manos; un oficialismo que convive con su propia guerra interna; una provincia de Buenos Aires convertida en epicentro de tensiones; y un Presidente que, pese al caos que lo rodea, sigue encontrando condiciones favorables para avanzar.
La Argentina de hoy no está atravesada por una grieta, sino por una reconfiguración. Y en ese movimiento tectónico, nadie tiene garantizado su lugar. Milei navega con viento a favor, pero sabe que el peligro no está afuera, sino adentro. El peronismo intenta reorganizarse, pero su principal obstáculo es su propia historia. Y la sociedad observa, otra vez, cómo los liderazgos se consumen más rápido que las crisis que prometen resolver.
Estamos frente a un momento fundacional. El poder cambia de manos. Lo que aún no está claro es si quienes lo ejercen están preparados para sostenerlo.
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